20 abr 2026

Madame Vargas Llosa, de Gustavo Faveron Patriau

Es la primera vez que leo a Gustavo Faverón, un autor del que, cada vez que surgía en una conversación literaria, solo escuchaba recomendaciones para leerlo.

Madame Vargas Llosa es una novela laberíntica en la que distintos personajes asumen el rol de narrador y van completando una historia que, desde múltiples perspectivas —o verdades—, nos conduce a un caleidoscopio: según cómo se mire, según cómo se gire, cada versión revela una porción distinta de la realidad. 

Aunque el capítulo 1 parece claro desde el título, no es sino hasta el final que descubrimos que no está narrado por un tal Mario Vargas Llosa, sino por el alter ego de María Trindade: otro Mario Vargas Llosa. 

Las casualidades y situaciones anecdóticas no entorpecen la lectura; por el contrario, le otorgan un ritmo deliberadamente confuso que empuja a seguir avanzando, como un juego de absurdos muy bien construido. Desde Rita, que años atrás le vende su casa a María, hasta el hermano de Rita, quien termina asesinándola a ella y a su familia, pasando por los múltiples encuentros entre los tres narradores.

Es una historia que se vuelve realidad en un bucle casi profético: el guion que llama a los hechos o los hechos que terminan convocando al guion. ¿Es la realidad suficiente ficción para sobre vivir o nos vemos en la obligación de ficcionar la realidad para hacerla más agradable al vivir?

Todos son personajes que, tanto en su vida como en la narración, necesitan contar su historia. Y ya no importa —¿alguna vez importó?— si es verídica o no. Cada uno, desde su novela, guion televisivo o guion cinematográfico, busca alcanzar a su público.

Y es que, al final, nosotros como lectores, leemos para dejar de ser quienes somos por un momento. Ellos, en cambio, intentan dejar de ser ellos mismos a través de la escritura.

“Pobre mujer, te parecías tanto a mí: no querías otra cosa en el mundo que contar historias —como Ruy Guerra, como Vargas Llosa, como el mismo Fittipaldi, como yo—. Conmovida, bajé a la tierra para darte una mano, y esa fue la noche de la metempsicosis”.

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